Por Claudio Leveroni

El neoliberalismo comienza crujir en Latinoamérica. Las masivas protestas que tuvieron como escenario Ecuador, Chile y Perú anticipan el final de un modelo de dominio económico que sigue contando con enorme soporte en las estructuras mediáticas dominantes en la región. El resultado electoral del próximo domingo, si mantiene el mismo perfil de las primarias, estará enviando un mensaje en la misma dirección en Argentina. Las políticas de concentración de riquezas en pocas manos, para que gotee bajo el efecto cascada en el grueso de la población, están llegando a su fin.

Los vituperados planes sociales que se fortalecieron, a partir de la crisis del 2001, como soporte económico-social para los sectores más empobrecidos son el principal dique de contención para evitar una masiva protesta en nuestro país. Con una inflación anual que supera el 50% esmerilando los salarios, la pérdida de derechos elementales, y una desocupación en alza incontenible, se podrían augurar brotes de reclamos violentos. Esto no sucede, en gran parte, por la existencia de bonos y planes que han aumentado considerablemente bajo la gestión de Mauricio Macri.

Esos planes, degradados por la franja más egoísta de argentinos que no logran comprender la necesidad básica del otro y reclaman su eliminación, resultan ser el mínimo colchón para quienes viven por debajo de la línea de la pobreza. Chile no los tiene pese a que mantiene la más enorme brecha que diferencia y separa a los más ricos de los más pobres. Es la más grosera de toda Latinoamérica. Por eso vive en estos últimos días, con 15 muertos y 2 mil detenidos, un reclamo popular violento similar al del 2001 en argentina. La tilinguería egoísta que se ufana de convocarse sin que los lleven debería tomar nota de esto. En las últimas horas el candidato Alberto Fernández observó esta postal señalando que «la gente se da cuenta de la inflación, de las tarifas que no paran, del dólar que se devalúa. Y, sin embargo, con una enorme paciencia y sabiduría, espera a que llegue el domingo. Hemos aprendido del 2001 y no queremos vivir eso».

La grieta real no es solo política, atiende cuestiones relacionadas a valores humanos ligados a una forma de asimilar la sobrevivencia propia. La necesidad de tener alguien abajo en la escala social genera la sensación de no ser el último y reconforta, en forma egoísta, el diario vivir. La grieta es parte de una fortaleza cultural sobre la cual se sostienen y crecen los principales intereses del modelo neoliberal que hoy está en fuga en la región.