Por Claudio Leveroni

La estadística mundial relacionada con la pandemia permite observar que el coronavirus está castigando con mucha más fuerza a las naciones más ricas y poderosas, que a aquellas que han sido empobrecidas.

El coronavirus, bajo la denominación Covid 19, comenzó a desplegarse con llamativa y extraordinaria facilidad desde China. Su falta de registro científico demoró el control que evite su expansión en la potencia asiática. Esto, pese a la rápida reacción que tuvieron las autoridades declarando el aislamiento obligatorio, cumplido a rajatabla por una población acostumbrada a encuadrarse ante la autoridad. Construyeron un hospital con mil camas en 10 días en Wuhan, la ciudad donde se inició el recorrido mortífero de la pandemia. Acordonaron otras zonas afectadas y multiplicaron sus esfuerzos sanitarios. Así y todo, llegaron a los 80 mil infectados con más de 3 mil muertes. China debió lidiar con el desconocimiento de cómo proceder, ante la falta de una vacuna específica, contra la nueva mutación del virus. La acción preventiva comenzó a tener efecto recién la semana pasada, cuando el contagio y sus consecuencias mortales comenzaron a mantenerse en la misma cifra.

Mientras China desarrollaba su propia estrategia para contener la enfermedad, el resto del mundo la observó sin asumir una reacción firme para prevenir lo que resultaba inevitable, su expansión a otras latitudes. La comunidad científica advertía la facilidad del virus para desplazarse, sus características asintomáticas duraderas debieron ser una advertencia para acotarlo evitando el traslado de viajantes. Nada de eso se hizo.

Quienes conducen los destinos de las naciones más poderosas minimizaron el riesgo. Privilegiaron la economía por encima de la salud de sus habitantes. Es una conducta que se puede observar en las frías estadísticas que deja el virus en su recorrido por 176 países de todo el planeta. Las naciones ricas sufren las consecuencias del virus mucho más que las regiones empobrecidas. África, el continente más hundido en la pobreza, tiene poco infectados en relación a otros continentes. Las naciones más ricas de Europa, junto a Estados Unidos, encabezan el listado con mayores infectados. Italia tiene más muertos (5.476) que China (3.270), a España (2.270) no le falta tanto para superar esa cifra y Estados Unidos, el tercer país con más contagiados (41.500) está recién comenzando a sentir el rigor del virus y la devastación que puede producir en un país con el peor sistema de salud social del mundo desarrollado.

Las naciones ricas han priorizado la economía por encima de la salud pública. Los negocios fueron más que la sensibilidad social para los gobernantes de las naciones más ricas del planeta. Argentina recorrió un camino diferente.  “Acá tenemos una sola urgencia que no es la economía, es la salud de la gente”, afirmó el presidente Alberto Fernández horas atrás.

El coronavirus se seguirá expandiendo en el país. Las autoridades esperan el aumento en la cantidad de infectados, parece inevitable que no sea así. Sin embargo, han asumido determinaciones sabiendo que las consecuencias económicas serán muy altas. El aislamiento obligatorio decretado por Alberto Fernández no es económicamente aconsejable.

El gobierno puso como prioridad cuidar a la gente. Un sector minoritario de la población mantiene una actitud tan egoísta como miserable. Más de 20 mil personas viajaron al exterior en los últimos 20 días, lo hicieron sabiendo el riesgo que corrían con una pandemia ya declarada por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Muchos de ellos, ahora, hacen circular por redes sociales videos y mensajes reclamando que el Estado debe hacerse cargo de su regreso con el consabido mensaje (incomprobable) de “yo pago mis impuestos”. El Estado ya está en eso. Repatriando argentinos, muchos de ellos ingratos que suelen repetir consignas degradatorias del Estado.

No es difícil suponer que con Macri en la presidencia, de haber ocurrido esta desgracia, las determinaciones serían otras. Seguramente similares a las que asumió Trump en Estados Unidos o, como el mismo ex presidente le sugirió en el corto llamado telefónico con Alberto Fernández, habría decretado medidas similares a las que tomó Inglaterra (6.575 infectados con 281 muertos). El aislamiento obligatorio no es un buen negocio, atenta contra los grandes grupos financieros que son quienes sostienen los ideales liberales. Bajo ese prisma habría sido más barato arriesgar la salud de la población, en especial los de mayor edad que consumen menos. El liberalismo piensa así. La economía está primero, los consumidores en segundo lugar y quienes tienen menor poder de consumo terceros.