Por Claudio Leveroni

Cierta preocupación gira en círculos cercanos al gobierno nacional. Está ligada a los vaivenes que observan en la interpretación de decisiones del más alto nivel político, que no logran ser comunicadas en forma fehaciente. En la intimidad aseguran que faltan interlocutores que sepan exponer con convicción determinaciones que marcan el rumbo del gobierno. Es una lectura que se hace por encima de cómo recogen y exponen esas informaciones los medios opositores parados tempranamente en la consabida declaración de periodismo de guerra. El rumbo de esos medios y su maliciosa tendencia a defender intereses propios no se modificará con buenos comunicadores. Su lectura de los hechos no cambiará con voceros de tono creíble y eficaces.

De todas formas, eso no quita observar que la comunicación no es un punto fuerte en la estructura armada por el presidente Fernández. Algo que se observa con absoluta claridad cuando es el propio presidente el que debe salir a aclarar conceptos ante los no muchos aliados que cuenta en el abanico comunicacional. Hace pocos días debió hacerlo en el programa de Víctor Hugo Morales, después que el conductor de la media mañana de la AM 750 hiciera su propia lectura sobre la posición del gobierno argentino sobre la situación de Venezuela.

Alberto Fernández es un buen comunicador, su locuacidad docente le permite desarrollar criteriosamente las ideas de los temas centrales de su gobierno. Se hace entender y no escatima en rodeos para abrazar esas ideas desde distintos ángulos. Pero, parece estar demasiado en soledad en esa tarea. Quizás porque no la consideró prioritaria cuando armó el gabinete que puso en funciones en diciembre. La pandemia que asomó a poco de asumir, más la voraz vocación agresiva de un sector de la oposición aliada con medios en pie de guerra, cambiaron el escenario que imaginó el presidente en los comienzos de su gestión.

Aníbal Fernández fue el primero en hacer notar el déficit comunicacional. Recibió el guiño del propio presidente para salir a dar batalla dialéctica. Desde hace varias semanas es protagonista central en medios amistosos y otros no tanto. Su versatilidad y contundencia meridiana a la hora de explicar ha dejado mal parado a más de un interlocutor. Sin talla intelectual para darle altura al debate Viviana Canosa le terminó lanzando alcohol en gel en su programa. Un gesto tan violento como demostrativo de la supina incapacidad que clausuró un reportaje sin equivalencias.

Ningún integrante del gabinete llega a tanto. Ni tan siquiera cerca de lo que expresa el titular de Yacimientos Carboníferos de Río Turbio. Algunos brillan por su notable ausencia, aún estando en el área de la comunicación. La tibieza argumental es un sello distintivo que puede tener un alto costo ante poderosos adversarios que arrastran viejas inquinas y fabrican nuevas todos los días.