Por Claudio Leveroni

En uno de sus mensajes realizados durante la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill afirmó, “en tiempos de guerra la verdad es tan preciosa que debería ser protegida por un guardaespaldas de las mentiras”. Posiblemente, el líder inglés haya tomado nota de lo dicho con anterioridad por un senador de Estados Unidos, Hiram Johnson. Desde su banca lanzó, en 1917 cuando retumbaban las bombas y disparos de la primogénita de las guerras mundiales, que la primera víctima cuando llega la guerra es la verdad.

Las guerras que se declaran sin armas de fuego arrastran consecuencias similares. Meses antes de su desaparición física el periodista de firma en el Grupo Clarín, Julio Blanck, manifestó en un reportaje que el poderoso conglomerado mediático que tiene como nave insignia al diario Clarín le había declarado la guerra al gobierno de Cristina Fernández. Fue un brutal sinceramiento ratificando lo que era obvio ante los ojos de quienes lo querían ver. Aquel blanqueo de situación fue realizado tras la derrota electoral del peronismo que permitió, en 2015, el sorpresivo ingreso a la Casa Rosada de Mauricio Macri. El pensamiento dominante de la derecha triunfante en aquellos días era que la fuerza creada por Juan Perón no regresaba nunca más al poder. Diagnóstico tan errado como los días de gobierno que siguieron.

La reedición de la guerra mediática surgió nuevamente como estrategia desde el 10 de diciembre pasado. La verdad se vuelve a ocultar. Afloran versiones, afirmaciones falsas que el gobierno debe afrontar en medio de las consecuencias sanitarias y económicas que arrastra la pandemia. La batalla comunicacional es otra vez desigual. A los poderosos medios radiales, televisivos y escritos que tiene Clarín volvieron a aliarse otros de menor porte, pero demostrada penetración cultural. Las redes sociales son terreno de disputa feroz. El bando opositor ahí también se mueve con mayor soltura. Motorizaron las siete movilizaciones, cargadas de violencia (foto) y con claro perfil destituyente, que vienen soportando los apenas 10 meses de gobierno de Fernández.

La tarea periodística se revuelca en el barro de las operaciones. Las personas no habituadas a descifrar el quien es quien se dejan llevar por corrientes de opinión. Para surfear en estas aguas hay que tener tabla (pensamiento) propia. Resulta central trabajar de ciudadano. No todos están dispuestos a hacerlo. Para colmo algunos medios que apoyan al gobierno pierden la compostura, exacerban alcahuetismo. Falta suspicacia, de esa que brota desde la inteligencia.

Clarin y La Nación coinciden en títulos centrales. El viernes lanzaron al ruedo que el presidente le había puesto plazo al ministro Guzmán. Demasiado burda la operación/noticia. Guzmán logró una negociación extraordinaria rápida y rentable para las arcas oficiales con los tenedores de bonos. Está en el mismo sendero con el FMI. ¿Quién puede pensar que el presidente se arriesgará a cambiarlo ahora? Grotesco, tanto que parecen disparos de fogueo en esta guerra. La desmentida oficial vino con rapidez y una vez más por boca del primer mandatario.

La primera línea del gobierno sigue mostrando endeblez contestataria, tampoco fija agenda. Va detrás de acontecimientos ajenos. No alcanza con el repunte que tuvo, en este rol, el Jefe de Gabinete Santiago Cafiero. Desde la periferia Aníbal Fernández sigue siendo el mejor defensor de las medidas que toma el gobierno. Falta audacia en el resto del gabinete, por momentos la sensación es que hay escasez de coraje.