Por Claudio Leveroni

Así como la comunidad científica profundiza sus instintos trabajando en estos días para resolver una complicada ecuación representada en el Covid 19, hay otros sectores que acumulan acción y pensamiento en una dirección mucho más mezquina.  Los hacedores del poder real, los que fomentaron que la grieta económica entre ricos y pobres se distancie como nunca antes, están preocupados por la fortaleza que va acumulando el reposicionamiento del Estado como herramienta igualadora de posibilidades protegiendo a aquellos sectores más desprotegidos de la población.

Sacan a relucir su furia denostando el impuesto a las grandes fortunas que diseña el gobierno nacional. Son tiempos de economía de guerra, y aunque sea invisible el enemigo es prioridad asumir determinaciones que aseguren la presencia del Estado en políticas direccionadas al combate contra el virus.

Los cálculos previos estiman que serán casi 12 mil los millonarios alcanzados por el impuesto. El 1,1% del total de los contribuyentes de bienes personales. Medidos con la población económicamente activa el porcentaje es menor aún, el 0,08%. Lo que aportarán, de acuerdo a la fortuna que tienen, no dañará su calidad de vida. Será el equivalente a dos pizzas, parafraseando al fracasado ex Ministro de Economía, Prat Gay. Acaso, ¿Les molesta esa erogación, o en realidad están más preocupados por el fortalecimiento de un modelo que coloca al Estado en un rol protagónico en la vida de los argentinos? Exacto, es esto último lo que más inquieta al selecto grupo de mandantes económicos.

No fueron los sueldos que debía pagarle Techint a los 1450 despedidos los que motivaron la reválida de esa medida, pese a la prohibición presidencial a través de un DNU. El mensaje de Paolo Rocca fue mostrar su poder de fuego ante un gobierno que no juega el juego que más le gusta al empresario internacional. Aspiran a un Estado chico, manuable, capaz de forzarlo a distribuir ganancias entre los poderosos y que se haga cargo de las pérdidas.

El presidente Alberto Fernández recordó hace poco tiempo una anécdota con la canciller alemana, Ángela Merkel, que durante su gira europea le preguntó: “Nunca entendí por qué en la Argentina los ricos no pagan más impuestos”. Frase dicha por la principal figura política de un país que instauró un impuesto a la riqueza ante la crisis posterior a la segunda guerra mundial y lo eliminó recién en 1997.

Podemos instalar ejemplos similares propios y bien lejanos en el tiempo. Como gobernador de Cuyo, en 1815, San Martín instauró una serie de impuestos afectando a quienes tenían más dinero. El general patriota necesitaba recursos no solo para gobernar con más equidad la región, debía financiar también la épica militar más importante en la historia del continente, el cruce de la cordillera de Los Andes. Si hubiese sido por las familias ricas de la zona, mejor era no aventurarse a semejante epopeya. Más aún, los españoles les traerían mejores negocios para sus intereses.

Pues bien, San Martín aplicó medidas de corte revolucionario e intervencionistas para ampliar la recaudación del fisco. El historiador Pablo Camogli, en su excelente libro Nueva Historia del Cruce de Los Andes, señala que el Libertador definió lo que llamó “contribución extraordinaria de guerra”, un impuesto a la riqueza que establecía la obligación de pagar 4 pesos por cada 1.000 que se tenía como capital individual. Fue una absoluta innovación en el continente que recayó sobre los sectores más acaudalados, que debieron presentar una declaración jurada previo catastro preparado por el Cabildo.

San Martín fue por más. Gravó con una carga impositiva de 1 peso cada barril de vino, y de 2 pesos por cada uno de aguardiente que saliera de la provincia. Además, los carreteros debieron pagar 1 peso por cada carreta que saliera o entrara a la provincia. Finalmente, el general San Martín estableció un “abasto de la carne” que implicaba pagar 2 pesos por cada res faenada. También, forzó donativos, enajenó bienes públicos y aplicó una hipoteca sobre los fondos generales de la provincia.

Las determinaciones de San Martín, para financiar el cruce de Los Andes, fueron tan firmes que generaron reacciones diversas. Hubo sectores acaudalados que se quejaron pidiéndole a Buenos Aires su remoción. Otros, intuyendo que esto no sería posible, negociaron. Fue lo que ocurrió con un grupo de terratenientes sanjuaninos quienes acordaron financiar un batallón de 500 plazas a cambio de suspender algunas de las medidas impuestas por el Libertador.

Ejemplos de la historia que siempre hay que tenerlos presentes para recordar cómo se fue constituyendo el país.