Por Claudio Leveroni

A punto de superar el millón de infectados, con 55.000 fallecimientos, Estados Unidos es el país que más sufre las consecuencias mundiales de una pandemia surgida en regiones muy lejanas a su geografía.

La malicia del virus se potenció en una nación dominada por determinados valores embebidos en la mayor parte de su población. Cierta corriente crítica se despliega haciendo foco en las irresponsables declaraciones de su presidente, Donald Trump, quien ahora parece llamarse a silencio tras el papelón de sugerir inyectarse desinfectante para eliminar el virus. Fue su última saga en discursos presidenciales que desplegaron conceptos disparatados minimizando la pandemia, definiéndola como una gripe pasajera. Si bien su origen empresarial lo lleva a defender más los intereses de sus iguales, por encima de la salud de la población, no menos cierto es que Trump no podría tomar estas determinaciones sin el consentimiento del ciudadano estadounidense medio que lo instaló en la Casa Blanca.

Trump no es un accidente en la vida institucional de EEUU. Es una versión, extrema quizás, de la cultura que predomina en un país donde el valor material sobrevuela muy por encima de cualquier otro. Trump solo guía la coyuntura. Tuvo antecesores y tendrá sucesores.

El fatal resultado que está marcando la pandemia en la potencia del norte no es responsabilidad solo de su presidente. Trump es el emergente de una cultura dominante en el país. Un repaso fugaz por la historia y el presente de Estados Unidos le dan cuerpo a este razonamiento.

En ese sendero del pasado y la actualidad hay mojones que ubican a Estados Unidos en las antípodas de determinaciones políticas con sensibilidad humana y social. Su presencia bélica en cualquier lugar del planeta, en nombre de Dios y la libertad, son un ejemplo. Puertas adentro hay muchos más. La portación libre de armas, una decisión que no se revierte ni siquiera con la repetición permanente de masacres en los colegios. La pena de muerte, que recae con abrumadora mayoría en negros y latinos, en 29 de los 50 Estados que componen la Nación. La inseguridad sanitaria, que recae en 34 millones de habitantes (sobre un total de 327 millones) quienes no cuentan con cobertura médica, una cantidad a la que hay que sumar otros 10 millones de indocumentados que viven de manera ilegal.

La historia avala semejante presente. También hay muchos ejemplos. Recordemos solo uno altamente significativo para referenciar el desprecio por cierto valores humanos. Estados Unidos demoró hasta 1863 para abolir la esclavitud, lo hizo a través de la Proclamación de la Emancipación, promulgada ese año por el presidente Abraham Lincoln en plena Guerra de Secesión. La mayoría de los Estados la ratificaron en 1865. Argentina asumió esa misma determinación en la Asamblea de 1813, y fue ratificada en la Constitución Nacional de 1853.

Dentro de este contexto histórico norteamericano hay un dato dramáticamente curioso. Un Estado, Mississippi, demoró 148 años en derogar de su constitución la esclavitud. Lo hizo recién en 1995. En este Estado sureño, que creció con empleó de mano de obra esclava en el negocio del algodón, tres activistas pro derechos civiles fueron asesinados en junio de 1964 por miembros del Ku Klux Klan. El crimen generó una poblada de la comunidad negra que derivó en la Declaración de los Derechos Civiles. Centenares de negros ahorcados por hordas de blancos inundados de odio quedaron como testigos mudos de una determinación tardía.

Esta referencia histórica podría quedar fuera de contexto en relación al particular momento que vive hoy el mundo, en general, y Estados Unidos en particular. Sin embargo, recordarla nos permite comprender cuales son los orígenes de una malsana manifestación de soberbia de la cultura norteamericana, que los hace sentir superior al resto de la población mundial. Una actitud muchas veces bendecida fronteras afuera de su propio territorio por quienes proponen importar un modelo de vida similar.

La pandemia dejará cambios profundos en la humanidad. Modificará hábitos, costumbres y, posiblemente, corra el eje en la articulación de las determinaciones políticas y económicas que afectan a todo el planeta.