Por Claudio Leveroni

El promedio de los últimos diez días mantiene por encima de 10 mil los contagios diarios con covid. Hubo picos, en dos oportunidades en ese lapso, que sobrepasaron los 12 mil. Pedro Khan aventuró hace pocos días “habrá que ver cuál es el número al que hay que llegar para que el miedo vuelva a reordenar el comportamiento social”. Un comentario que rescata positivamente la conducta social durante los primeros tiempos de aislamiento obligatorio y, también, reivindica al miedo como una conducta natural al ser humano que le advierte cuando está en peligro.

En pandemia el miedo es un escudo protector invalorable. Su degradación es parte de la articulación que impone un sector de la oposición al gobierno. La emparentan con la falta de libertad que le atribuyen a una administración que definen como enamorada de la cuarentena. La insólita concepción de esta idea surgió pocas semanas después de establecido ese aislamiento obligatorio, cuando las encuestas señalaban que la imagen positiva presidencial había crecido notablemente llegando al 80%.

En la necesidad de limar ese crecimiento, y con la mirada puesta en el armado electoral para las primarias del próximo año, los más audaces opositores salieron al ruedo con esas consignas. Con el invalorable apoyo mediático estimularon las ruidosas cinco marchas opositoras. Fueron escuálidas en cantidad, pero con un perfil destituyente y muy violento. No pocos dirigentes peronistas quieren salir a la calle, hacer una gran movilización de apoyo al presidente. Le hicieron llegar a Fernández, por distintos canales, esa intención. No tuvo eco en el Jefe de Estado. “No es tiempo de movilizaciones, sería irresponsable hacerlas. Ya habrá posibilidad cuando pase la pandemia”, les contestó a quienes cayeron en la provocación de Prat Gay con aquella frase del “peronismo perdió la calle”.

La imagen del presidente Fernández sigue siendo alta. Las últimas encuestas, una de Poliarquía y otra de Aresco, señalan que la gestión del Presidente en relación al coronavirus es positiva en el 60% de la consideración de los entrevistados.

Esas encuestas fueron realizadas antes de las buenas nuevas relacionadas con la deuda externa. Es posible que hoy sean más altas aún. No es para menos. Después de un laborioso trabajo del equipo económico se logró que el 99% de los bonistas adhieran a la renegociación que le ahorra al país casi 34 mil millones de dólares. Un porcentaje lo suficientemente alto como para dejar sin margen a reclamos judiciales de los fondos buitres. Ese mismo porcentaje anunció el ministro Guzmán hace pocas horas para los tenedores locales. Agregó un dato valioso. En esta negociación Argentina pagó cinco veces menos de comisiones a los bancos de lo abonado cuando se endeudó. Fue del 0,28% en relación al volumen total de lo renegociado. Durante la administración Macri ese porcentaje fue del 1,50%, amigos son los amigos.

No toda la oposición se encuadra bajo el mismo discurso. El sector más duro lo quiere conducir Macri. Recién llegado de sus vacaciones en el viejo continente busca alinear a la tropa propia manteniendo las destartaladas consignas, seguir reiterando falta de libertad y repetir que vamos camino a Venezuela. Varios le advierten al ex presidente que ya ambos rótulos han caído en desuso por desgaste propio. No hay mucha más lucidez a la vista. La ahora contagiada con covid Patricia Bullrich es su principal referente. Está todo dicho.

El camino trazado por Larreta para su recorrido hacia la candidatura presidencial es distinto al ala más dura de la derecha vernácula. Su objetivo es consolidar el modelo porteño para mostrarlo como una exitosa gestión en todo el país. El presidente Fernández, que prefiere tener al Jefe de gobierno porteño como futuro rival en 2023, se adelanta a contradecirlo. Viene remarcando en sus discursos la opulencia histórica de la ciudad de Buenos Aires, que ha crecido gracias al aporte del resto del país. “Es hora que comience a devolverle algo a las regiones más postergadas”, clamó días atrás desde Santa Fe.

Se sabe, en el terreno electoral la madre de todas las batallas se da en el Gran Buenos Aires. La inseguridad es el principal problema a resolver en esta zona. Así lo entendió el presidente en el mensaje dado desde Olivos esta semana cuando presentó un nuevo plan de fortalecimiento de las fuerzas de seguridad que demandará una inversión de 10 mil millones de pesos.

También es sabido que no es solo una cuestión de recursos económicos. Encuadrar tanto a la bonaerense como al servicio penitenciario requiere de voluntad y enorme coraje político. Sobran antecedentes para comprender lo difícil que esto resulta. Ex funcionarios honorables pueden dar testimonio de eso. El padre de Santiago Cafiero, Juan Pablo, no la paso bien intentando domesticar a la Policía cuando fue Ministro de Gobierno bajo la gobernación de Felipe Sola. Su salida estuvo ligada a la presión clandestina de esa fuerza. Mucho peor le fue a Luis Brunati cuando ocupó el mismo cargo en 1987, durante la gestión de Antonio Cafiero.

Tres décadas más tarde Brunati le relataría al periodista Santiago Farrell de Perfil lo que padeció cuando desde dentro de la fuerza le hicieron llegar la propuesta de conformar una primera plana mayor de la bonaerense. “Gente absolutamente confiable, con la cual usted no va a tener ningún problema y podríamos garantizar una gestión excelente”.  Le ofrecieron una suculenta mensualidad como aporte para el partido. Dos semanas después de aquella reunión, que Brunati concluyó rechazando cualquier acuerdo de esas características, dos hombres armados irrumpieron en la casa del ministro, encañonaron a su mujer y se llevaron todo el dinero que había. Al día siguiente, la esposa de Brunati reconoció a los dos “asaltantes” en la comisaría. A finales de los años ochenta la bonaerense tenía poco más de 40 mil efectivos, hoy son casi 100 mil.

Difícil mejorar la seguridad si no está acompañada del poder judicial. El senado dio media sanción para modificar sustancialmente el fuero penal. La oposición teme lo peor para los suyos que acarrean causas con serias complicaciones. Desde los palcos amarillos se argumenta que es una movida para salvar a Cristina Fernández. No es cierto, los jueces que tienen las causas pendientes de la ex presidenta no se modifican. Cristina subió la apuesta, ya pidió que los juicios orales en su contra sean televisados para que todos puedan observarlos.