Por Héctor Gómez

En San Pablo, un pequeño pueblo ubicado sobre la ruta provincial que une Tilisarao y Concaran en la Provincia de San Luis, vivía  con sus ocho hijos el matrimonio Varela Domínguez. Allá por Enero de 1895 había  nacido Delfina, quien sería luego prestigiosa intelectual puntana, que dedicó gran parte de su vida, a recuperar el aporte filosófico de otro gran sanluiseño; Juan Crisostomo Lafinur. Cumplidos los 30 años y ya en la Ciudad de Buenos Aires, Delfina contrajo matrimonio con el histórico dirigente socialista Américo Ghioldi, recordado autor de la frase “se acabó la leche de la clemencia”. Ghioldi, con esa opinión, festejó el fusilamiento  de militantes peronistas  que la dictadura de Aramburu realizo en los basurales de José León Suarez.

Uno de los hermanos de Delfina tuvo también notoria presencia en un recordado hecho de nuestra historia. Fue el coronel Héctor Benigno Varela (foto principal). Había encarado la carrera militar y residiendo también en la ciudad de Buenos Aires participo de varias acciones ordenadas por sus superiores  durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen. Se le encomendó también, tratar de terminar con la huelga que llevaban adelante operarios de la esquila, en las estancias de la Patagonia Argentina.

El referido oficial del ejército entendió que esa directiva lo habilitaba a solucionar el problema con la muerte de los huelguistas. Cuentan quienes asistieron a esos lamentables hechos que levantando cuatro dedos de la mano, Varela  ordenaba los cuatro tiros con que se ejecutaba a cada obrero en huelga.  Años después un senador radical santacruceño, le respondía al historiador Bayer “Yrigoyen dio la orden de represión, creyendo que Varela la aplicara solo con los cabecillas…pero se le fue la mano y empezó a fusilar a diestra y siniestra”. Después de los halagos y festejos con que los ganaderos, en su mayoría de origen inglés, premiaron al oficial del Ejército Argentino que a los tiros, había  defendido sus intereses comerciales, Varela retornó a Buenos Aires. Allí también fue halagado por la eficiencia con que había resuelto aquel conflicto laboral.  Quizás ignoraba que otra gente, y no la que a él lo homenajeaba, estaba dolida por la muerte de aquellos trabajadores.

Kurt Gustav Wilckens  había nacido en la villa de Bad Bramsted  cerca de Hamburgo en Alemania en el otoño de 1886. Estudiante de jardinería, a los 20 años cumplió el servicio militar en el ejército prusiano y  con la idea de conocer mundo y especializarse en su oficio en 1910 se fue a los Estados Unidos. Ahí comenzó a interesarse por las ideas libertarias y junto a otros decidió ponerlas en práctica. Empleado en una fábrica de conservas de pescado había visto que la primera calidad del producto se envasaba separadamente para distribuirla entre la genta rica y los restos de menor calidad estaban destinados a los envases que partían hacia los barrios pobres. Convenció a sus compañeros de cambiar eso y así lo hicieron hasta que fueron descubiertos y despedidos sin más trámites. Tentó suerte como minero y reclamando por las duras condiciones sufridas en la extracción de carbón alentó y participó en varios movimientos huelguistas que lo llevaron a la cárcel para finalmente ser deportado a su Alemania natal.

Se iniciaba la famosa década del 20 y en septiembre de ese año, siempre apuntando al Nuevo Mundo, Kurt Gustav desembarcaba en el Puerto de Buenos Aires. Gran actividad ácrata había en esta ciudad y otros  lugares de Argentina por lo que rápidamente se integró a los grupos y medios periodísticos que defendían el anarquismo como propuesta  revolucionaria. Era rebelde pero pacifista, lector de Tolstoi , Marx y vegetariano entre europeos y criollos que adoraban el asado.  Recorrió varios lugares del interior conociendo las condiciones miserables que muchos trabajadores debían soportar y se enteró además de la triste historia de la  Patagonia trágica. Tomó a su cargo, afirmando su individualismo, la tarea de vengar esos asesinatos. Con la bomba que le preparó Vázquez Paredes, un correligionario español, espero al coronel Varela a la salida de su casa y enfrentándolo le arrojó  el explosivo. En la confusión y viendo que sobrevivía lo remató con tres tiros de revolver. Afectado, él mismo por el explosivo y atendiendo a una niña herida también por lo mismo, se ocupó de auxiliarla esperando a la policía para entregarse.

Corría  el año  1923 y mientras Kurk Gustav Wilckens estaba en la en la cárcel un  personaje católico, nacionalista y antiliberal llamado Ernesto Perez Millan Temperley  rumiaba el odio que había acumulado en la Patagonia, como pariente y soldado de Varela. No necesitó mucho para que fingiendo ser de la limpieza entrara en la celda de Wilckens y lo rematara con un Mauser  que quizás los guardias “confundieron” con una escoba.  Con un suave dictamen del forense apuntando alguna dificultad psíquica fue recluido en Vieytes dos años después donde esperaba pasar lánguida y tranquilamente algunos años. No contaba con que otro internado Esteban Lusich, instruido por el anarquista Boris Wladimirovich, lo apuñalara mortalmente el 9 de noviembre de 1925.

Finalmente, Delfina Varela Domínguez de Ghioldi, la profesora del inicio de esta historia que escribía en el periódico socialista “Melchora”, hermana y sobreviviente de Varela, entrevistada, años después por Bayer diría; mientras pasaba sus manos sobre las cartas que le enviara Héctor Benigno desde la Patagonia; ¿Usted cree que alguien que escribe en sus cartas Querida Mamita con tanto cariño, puede ser un fusilador de obreros?

 

Kurk Gustav Wilckens