Por Héctor Gómez

En el Colegio de la Congregación de Don Bosco, ubicado en Dorrego y Cramer, los domingos había cine vespertino para alumnos y padres. En la obscuridad de la sala, mientras se exhibía un noticioso previo a la película principal, alguien se paró en forma violenta  y salió rápidamente hacia el exterior. Se escuchó un  susurró, es el padre de Esteban. Efectivamente era el padre de Tomás Esteban Altube,  Tomy para nosotros, quien al ver la imagen de Franco reflejada en la pantalla no pudo soportarla y escapó de la sala. Tomás Esteban, su madre y un hermano habían llegado solos a Buenos Aires, gracias a una tía, vinculadas a la embajada española,  cargando  la noticia de su padre muerto  siendo correo de la España  revolucionaria.  Montado en una moto había sido ametrallado por aviones nazis que sobrevolaban los caminos que unían al país vasco con Francia. En aquellos dolorosos tiempos de fuga recorriendo el territorio español para huir de las represalias  franquistas Tomy había sido parido debajo de un vagón de ferrocarril. Sin embargo Don Esteban, su padre, después de mucho tiempo sin poder recordar quién era y con la mitad superior de su cabeza remendada con una placa de platino producto de las heridas provocadas por la metralla, había sobrevivido y estaba en Francia.

Después de unos años, restablecida la memoria y habiéndose comunicado con su familia llegaba a Buenos Aires como refugiado para  reencontrarse con su mujer y sus hijos.  Vivían en un apretado departamento de la calle Güemes en Palermo  a solo una cuadra de la Avenida Santa Fe y el reencuentro de aquella pareja de vascos gestaría dos hermosas niñas que completaban esa familia donde la madre era artesana de potentes sopas de pescado. Nos hicimos compinches con Tomy tanto para jugar al billar en un Bar, hoy inexistente de Godoy Cruz y Santa Fe, como para compartir nuestra pasión por aquel Independiente donde Ernesto Grillo era nuestro ídolo indiscutido. Figura destacada de los rojos llevaba el galardón de hacerles un gol histórico a los ingleses en el estadio de  River el 14 de mayo de 1953.  Aquel gol del 3 a 1 transmitido por primera vez por televisión fue la fecha elegida como Día del Futbolista, hasta que otro,  ni imaginado por entonces,  llamado Diego Armando Maradona,  justamente cambiara esa fecha por la del  22 de Junio de 1986, producto también de un gol extraordinario ante la selección inglesa en México. Tomy había elegido ese club no solo para acompañar mi pasión por el Rojo de Avellaneda, sino también porque ese  color identificaba al bando español por el cual había combatido su padre.

En ese barrio  de la Estación  Palermo, llamada Pacífico dada la antigua designación de la línea ferroviaria “Buenos Aires al Pacífico” que  cruzaba la Argentina y terminaba en Chile,  hicimos amistad con algunos practicantes e hinchas de un deporte casi desconocido para nosotros; el Rugby. Con una bandita de ese barrio frecuentábamos las piletas ubicadas al final de la Pista del Aeroparque  o El Ancla, tradicional Balneario sobre el Río de la Plata en Olivos. Este grupo, al que nos integramos, con  algunos personajes de más edad que la nuestra, gustaba  concurrir a esos balnearios y a los partidos de rugby por dos motivos. Porque uno o dos de ellos jugaban en Deportiva Francesa  y porque además, al revés del futbol, en las tribunas de ese deporte se podían admirar pulposas señoritas que elegantemente defendían los colores del equipo. Era un mundo de gente bien vestida, muy lejana en su conducta e indumentaria, a las huestes que en Avellaneda se colgaban del alambrado o rodaban tribuna abajo enredados en el festejo de un gol de aquella mítica delantera roja que comandaba Lacacia e integraba como figura destacada  nuestro ídolo Ernesto Grillo. En aquellas otras tribunas del rugby nos rodeaban  niñas que nos iluminaban los ojos festejando ruidosamente los triunfos de la Deportiva y compartimos, además, las noticias sobre la brillante gira europea de 1955 que permitió ganar varios  partidos agregando un honor muy especial a su historia

Pisando la mayoría de edad, tanto Tomy como yo dejamos de frecuentar las canchas de fútbol y de rugby debido a las necesidades ya imperiosas de aportar a la economía familiar y poder disponer de un magro presupuesto personal. Fuimos  tratando cada uno de ir resolviendo las realidades del día a día de la mejor manera posible, manteniendo siempre las pasiones que nos vinculaban; el futbol, el rugby y el teatro. Tomy, convertido en el actor Esteban Machado debutaba en el Teatro San Martín representando “Becket o el honor de Dios” de Jean Anouilh,  compartiendo  elenco con  Lautaro Murúa y Duilio Marzio,  mientras yo ganado también por el teatro, desde el costado  de un  escenario ejercía como ayudante de dirección.  Esos caminos compartidos nos juntarían otra vez haciendo “Buscapiés” sobre el mismo escenario de la calle Corrientes, y también juntos marcharíamos a pie desde el centro hasta Avellaneda allá por 1965 para festejar la Primera Copa Libertadores de Independiente.

Mi amigo Tomy ya no está con nosotros, pero cada vez que he visto al Diego en la cancha de Argentino Juniors, en Boca o en la Selección Nacional, me imaginé compartir la emoción de su arte con él. Igual queda algo, que sin conocerlo personalmente  me une particularmente a Maradona, su reconocimiento personal por ese enorme jugador de Independiente que fue y será siempre Ricardo Bochini. Por eso, ante la dura realidad de tristes desbordes u olvidos,  por parte de algunos jugadores de rugby,  podemos parafrasear a Diego Armando diciendo; “La pelota, sea redonda u ovalada, no se mancha”