La industria farmacéutica es la segunda de mayor facturación a nivel mundial, detrás del petróleo. Supera los números globales que maneja la relacionada al armamento y las telecomunicaciones. Se trata de un negocio controlado por un número pequeño de empresas que llegan a mover 700 mil millones de dólares por año con altísimos y crecientes niveles de rentabilidad.

Alrededor de 50 laboratorios tienen las patentes de la mayoría de los medicamentos con mayor consumo en el mundo. En nuestro país recogen una extraordinaria ganancia. Según datos del INDEC en el tercer trimestre de 2020, la facturación total de la industria farmacéutica en la Argentina registró 87.440,3 millones de pesos, lo que representa un incremento de 46,3% en relación con el mismo trimestre de 2019.

Semejante nivel de movilización de dinero le permite a los grandes laboratorios, una acumulación de poder que resulta influyente a la hora de regular las políticas de producción, distribución, comercialización y consumo de medicamentos. Tanto en la Argentina como en el resto del mundo, la opinión de los laboratorios sabe hacerse escuchar para direccionar normas que regulan el sector.

Argentina acumula antecedentes relacionados con este manejo. En enero de 1964 el parlamento comenzó a debatir un proyecto de Ley de Medicamentos, que fue impulsado por el entonces Ministro de Salud, Arturo Oñativia. Aquel proyecto tenía eje en definir a los medicamentos como un bien social cuyo acceso debía garantizarse a la población, y sus precios y comercialización debían ser regulados por el Estado. El gobierno recibió fuertes presiones de las compañías multinacionales y de estados extranjeros. El proyecto, finalmente fue aprobado como Ley 16462, pero sería pagando un precio muy alto. Las corporaciones industriales farmacéuticas complotaron contra el gobierno. No fueron ajenas al golpe que derrocó a Arturo Illia. De hecho, la dictadura del General Juan Carlos Onganía, diez días después de asaltar la Casa Rosada, derogó la ley y decretó el precio libre de los medicamentos.

Es un antecedente que hay que recordar y tener en cuenta, si queremos referirnos al poder que despliegan los laboratorios medicinales. En los últimos tiempos la industria farmacéutica desarrolla en todo el mundo, una política comercial que hace eje en dos cuestiones: Lograr el reconocimiento de las patentes médicas y sostener exceso de producción multiplicando su oferta de medicamentos. Remedios que, con el mismo componente central como droga, se van mutando en muchos productos comerciales más, a partir de agregados que tienen como fin extender el horizonte rentable.

Alentado por la publicidad de sus productos, por las estrategias que desarrollan con los médicos de receta fácil, por la venta libre de medicamentos fuera de las farmacias, los laboratorios han aumentado su producción y venta en forma preocupante. La demanda crece a partir de la riesgosa automedicación. No es un tema nuevo. Una investigación del Instituto Argentino de Atención Farmacéutica de tiempo atrás señalaba que la automedicación se había triplicado. Tres de cada 4 adultos toman remedios sin prescripción médica. Lo que es peor aún, el mal uso de medicamentos mata. El Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos denunció en 2017 que 24 mil argentinos mueren en un año por la mala utilización de los medicamentos. La automedicación, la venta por canales no habilitados y el expendio sin recetas son las causas más frecuentes de estos decesos. El sistema de salud argentino gasta miles de millones de pesos para solucionar problemas relacionados con el mal uso de los fármacos. Se trata de un problema a escala mundial que llevó a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a lanzar una iniciativa global para intenta reducir la mortandad por automedicación.

El aumento del precio de los medicamentos reconoce un solo origen, la voracidad de los laboratorios. Argentina aporta uno de los ejemplos más claros en ese sentido. Durante el período que abarcó los 11 años de convertibilidad (1991/2002) mientras se mantuvo la equivalencia 1 peso = 1 dólar, los medicamentos subieron sus precios en un promedio de 180%.

Aunque se siente con mayor fuerza en países debilitados, la presión de los poderosos laboratorios se hace presente en todo el mundo. A mediados del 2004, la prensa inglesa publicó un informe señalando que el costo de los medicamentos para el sistema nacional de salud británico, había aumentado 50% en los últimos tres años, lo que equivale a 2.300 millones de libras anuales o 7.200 millones de libras en total.

El dato más significativo de este informe que publicó la prensa inglesa, fue saber que, según reconocen los propios laboratorios, la mayoría de los medicamentos que producen no modifican los problemas por lo que la gente los consume. Allen Roses, por aquel entonces Vicepresidente de genética del poderoso laboratorio GlaxoSmithKline, reconoció que menos de la mitad de los pacientes que reciben algunos de los medicamentos más caros, no se benefician de ellos. Los medicamentos para el Alzheimer benefician a menos de un tercio de los pacientes, y las del cáncer solo a una cuarta parte. Los medicamentos para la migraña, la osteoporosis y la artritis solo funcionan en la mitad de los pacientes. La mayoría de medicamentos son efectivos en menos de la mitad de los pacientes porque tienen genes que interfieren con el medicamento. En muchísimos casos se podría identificar a quienes pueden beneficiarse de un medicamento, mediante un simple test genético. Implementar esta idea, la de testear a los pacientes antes de medicarlos, es limitar la venta de los fármacos y esto no es un buen negocio para quienes los producen y comercializan.

La imposibilidad de acceder a medicamentos por sus altos precios, es un problema mundial. En un solo año, 1998, murieron 510 mil chicos infectados con el virus del SIDA. No es casualidad que el 80% de ellos vivían en Africa. Hay una droga, la zidovudina, que ya por entonces funcionaba eficazmente para impedir la transmisión del virus de la madre al bebe en período de gestación. Se aplica desde 1994 y es efectiva en el 95% de los casos. En el llamado continente negro el precio promedio de este medicamento era de mil dólares mensuales para que la madre lo pueda recibir desde la semana 14 hasta la 34 de su embarazo. Aquella situación fue de tal gravedad que el Vaticano lanzó un ataque sin precedentes contra los grandes grupos farmacéuticos a quienes acuso de genocidas. El padre jesuita Angelo Dagostino, fundador y director médico de un centro de atención a los niños pobres en Kenya, denunció que 400 personas morían en ese país por día debido al virus del SIDA. Personas que no reciben medicación por los altos precios que los laboratorios le han puesto a los remedios. Dagostino fue más contundente cuando trato de genocidas a las multinacionales farmacéuticas, recordándoles que en el año 2002 tuvieron ganancias mundiales por 517 mil millones de dólares.

Bajo este marco el gobierno sudafricano se puso a producir genéricos para abastecer a casi 5 millones de personas infectadas. Una de las respuestas que recibió fue una demanda de 39 empresas farmacéuticas multinacionales por permitir la fabricación de esos medicamentos genéricos contra el sida. Gracias a la iniciativa del gobierno, de permitir que todos los infectados puedan ser tratados con medicamentos elaborados en laboratorios locales contratados por el estado sudafricano, el costo anual del tratamiento bajo 1.200 a 40 dólares

Algunas naciones tomaron posiciones firmes para poner límites al manejo discrecional de los laboratorios medicinales. En 2005, Brasil decidió no respetar la patente medicinal de una droga contra el SIDA utilizada por 25 mil personas. El laboratorio de origen suizo, Roche, no quiso bajar el precio de la caja de 270 unidades, que sirve para un mes de tratamiento y costaba por entonces 367 dólares.

A través de los altos precios que le imponen a las drogas con probada eficacia, los laboratorios tienen la posibilidad de regular la sobreviva en países pobres. En Nigeria tan sólo el 15 por ciento de los chicos que viven en zonas rurales reciben la vacuna triple contra la difteria, el tétanos y la tos convulsa. La hepatitis B causa un millón de muertes por año en todo el mundo. La Organización Mundial de la Salud y la Unicef establecieron la obligatoriedad de la vacuna que evitaría esas muertes. Sin embargo, su implementación se ha visto impedida por la falta de fondos en 41 países pobres en donde la enfermedad es altamente endémica.

La ley que les permite a los médicos de nuestro país recetar a través de genéricos, es decir invocando drogas y no productos comerciales, fue sancionada en 2016 después de sortear muchas presiones. La nueva norma permitió abaratar el costo final del medicamento. Sin embargo, esta nueva norma ha encontrado cierta resistencia en muchos profesionales que dicen sentirse más seguros cuando recetan productos elaborados por laboratorios más reconocidos. ¿Se trata de un síntoma de desconfianza o hay otro tipo de intereses en juego? Esta pregunta surge por las cuestionadas formas que utilizan muchos laboratorios para vender más, la de premiar solapadamente a los profesionales que más recetan sus productos.

No son pocos los médicos que aceptan este juego nunca explicitado, pero bien entendido. A mayor cantidad de recetas destinadas a un mismo laboratorio mayores posibilidades de acceder a viajes y congresos que financian las industrias medicinales.

Este es un pacto entre muchos médicos y laboratorios que no se encuentra blanqueado ante los pacientes, quien bien podría terminar pagando un precio más alto por el medicamento que necesita. Las industrias, a través de programas de computación especialmente diseñados monitorean a los profesionales a través de sus chequeras médicas.

Desde un concepto amplio, generoso y humanitario, la investigación científica debe apuntar a mejorar la calidad de vida de las personas. No encontramos mejor forma de cerrar este informe recordando al argentino y premio Nobel de Medicina Cesar Milstein quien supo señalar que los avances de la ciencia deben beneficiar a todos los seres humanos, superando la barrera de pobres y ricos.