Por Claudio Leveroni

La Argentina transita un tiempo marcado por la incertidumbre social que tiene como centro la búsqueda de la verdad. La mentira se ha instalado como una estafa cotidiana, la escupen los medios de comunicación masivos, las estructuras judiciales más condicionadas al poder real, y políticos que dominan el escenario central de los otros dos poderes constitucionales. La estafa informativa corre por cuenta de los medios más influyentes que compiten por instalar falsas verdades que, a poco de andar, se derrumban como castillo de naipes o dejan allanado el camino para que los principales protagonistas de la estafa judicial hagan sus movidas direccionadas a la defensa de intereses focalizados. Los personajes de la estafa política son, como escuchó alguna vez un ex presidente de boca de un mandante comunicacional, personajes menores. Aportan lo suyo acompañando denuncias sin sustento, o generándolas en la creencia que eso les permite mantener visibilidad ante el electorado.

La corrupción es un mal endémico que arrastra el país, posiblemente sea hija de los golpes de estado que se sucedieron a lo largo del siglo XX. Argentina parece estar teniendo en estos tiempos coletazos de aquel país que fue forzado a abandonar reglas democráticas durante tantos años, que incluyó proscripción a un partido mayoritario y hasta se legalizó la prohibición de nombres, apellidos y palabras ligadas a esa estructura política. Ese pasado no puede ser inocuo en la conducta cultural actual de nuestra sociedad.  Bajo este paraguas se puede definir que la corrupción es un brazo extendido de aquella maldita herencia. La mentira forma parte de esa corrupción que hoy domina el escenario mediático-judicial, provoca un daño de credibilidad pública que será difícil revertir en el corto y mediano plazo. El gobierno coquetea, se asocia y fogonea con las perversas maniobras. Es como jugar con fuego en una estación de servicio. No sea cosa que, hartos de estas maniobras y padeciendo una crisis económica que va en aumento, el pueblo haga tronar el escarmiento.