La galería nacional de patriotas entremezcla en nuestro país personajes varios cuyas intenciones históricas se contraponen con una idea de nación soberana e independiente. Algunos han quedado instalados en un primer plano, como personalidades centrales del nacimiento de la argentinidad. Sus nombres están inscriptos en plazas, escuelas, avenidas y monumentos. El revisionismo de las últimas décadas dejó al desnudo las miserias de muchos de ellos. La historia oficial, instalada por la generación del 80, los cubrió por años.

La historia de José de San Martín transita por un carril tan único como insospechado, su conducta patriótica estuvo a la altura de la brillantez de sus ideales y conocimientos tácticos militares. El coraje que lo distingue no sobresale solo por lo realizado en el campo de batalla. También supo fijar exitosas estrategias para enfrentar a los enemigos internos que intentaron boicotear su raid libertador por América del Sur.

En 1815, cuando ejercía la gobernación de Cuyo, San Martín instauró una serie de impuestos que afectaron a los sectores económicamente más empoderados. El general, inmerso en una extraordinaria gesta patriótica, necesitaba recursos no solo para gobernar con más equidad la región, debía financiar también la épica militar más importante en la historia del continente, el cruce de la cordillera de Los Andes. La iniciativa le generó enemigos internos, afortunados terratenientes hicieron todo lo posible por no entregar fondos, animales o esclavos para la causa sanmartiniana. Más aún, no compartían los objetivos de San Martín, veían a los realistas con buenos ojos, sus negocios estaban mejor aceitados con el enemigo de la soberanía nacional.

Puertas adentro de la  incipiente organización de la nación San Martín también tenía enemigos muy poderosos como Bernardino Rivadavia y Carlos Alvear, según reconoce el historiador Felipe Pigna. Como contrapartida el Libertador contaba con aliados importantes. Belgrano, fue uno de ellos. El encuentro en Salta a fines de enero de 1814 permitió coordinar acciones que no solo estaban pensadas en la batalla ante el enemigo, también desarrollaron la formación de cuadros militares con conciencia nacional.

San Martín aplicó medidas de corte revolucionario en Cuyo, implementó agentes sanitarios que vacunaron contra la viruela, creó hospitales públicos, salas de primeros auxilios, una escuela secundaria, fundó bibliotecas y fomentó la agricultura. Lo hizo al tiempo que asumió determinaciones intervencionistas para ampliar la recaudación del fisco. El historiador misionero Pablo Camogli, en su excelente libro Nueva Historia del Cruce de Los Andes, señala que el Libertador definió lo que llamó “contribución extraordinaria de guerra”, un impuesto a la riqueza que establecía la obligación de pagar 4 pesos por cada 1.000 que se tenía como capital individual. Fue una absoluta innovación en el continente que recayó sobre los sectores más acaudalados, que debieron presentar una declaración jurada previo catastro preparado por el Cabildo.

San Martín fue por más. Gravó con una carga impositiva de 1 peso cada barril de vino, y de 2 pesos por cada uno de aguardiente que saliera de la provincia. Además, los carreteros debieron pagar 1 peso por cada carreta que saliera o entrara a la provincia. Finalmente, el general estableció un “abasto de la carne” que implicaba pagar 2 pesos por cada res faenada. También, forzó donativos, enajenó bienes públicos y aplicó una hipoteca sobre los fondos generales de la provincia.

Las determinaciones de San Martín, para financiar el cruce de Los Andes, fueron tan firmes que generaron reacciones diversas. Hubo sectores acaudalados que se quejaron pidiéndole a Buenos Aires su remoción. Otros, intuyendo que esto no sería posible, negociaron. Fue lo que ocurrió con un grupo de terratenientes sanjuaninos quienes acordaron financiar un batallón de 500 plazas a cambio de suspender algunas de las medidas impuestas por el Libertador.