Muy lentamente el gobernador Kicillof va sumando voluntades a la hora de convocar intendentes de su propio espacio político para que entiendan su forma de gobernar. El economista ha puesto en acción una nueva dinámica en la gestión. Fija prioridades pensando desde abajo hacia arriba en la escala social. Le baja el pulgar a cualquier intento que represente un intercambio de acciones para que acompañen su gestión. “No gobierno para las tapas de los diarios, tampoco lo hago para canjear favores con los intendentes. Las prioridades se fijan a partir de necesidades concretas”, fue la respuesta que lanzó el gobernador a un veterano jefe comunal de la tercera sección que le reclamaba mayor espacio para su gente en la distribución de cargos provinciales.

Los intendentes más tradicionales, que no siempre son los más veteranos en el segmento etario, les cuesta aceptar la dinámica de gestión que propone Kicillof. Se trata de un cambio sustancial en la forma tradicional de construcción política. Algunos la aprueban a regañadientes. Otros se entusiasman por lo espontánea y novedosa que resulta. Están también quienes la resisten sin sacar los pies del plato. Critican por lo bajo a Kicillof por querer estar en la misa y la procesión al mismo tiempo, y por no responder a los parámetros que se viene desplegando históricamente en la relación entre gobernador e intendentes. Algunos de este último segmento recurren a Magario para que sea puente de sus inquietudes. La vicegobernadora les pide paciencia mientras les recuerda que están arando en tierra arrasada. La provincia tiene una deuda brutal y las necesidades brotan en cada rincón bonaerense.