Por Claudio Leveroni

Comencemos por lo obvio. Todos queremos que nuestros pibes vuelvan a tener clases presenciales. El regreso al colegio es una valoración generalizada, no hay discusión sobre la importancia de la educación. La utilización electoral de esta necesidad corre por otro carril.

La ratificación del gobierno porteño de iniciar las clases en pocos días más, el 17 de febrero, fue una puesta en escena con el principal referente opositor en su centro. Una postal de lanzamiento de campaña. Larreta, acompañado de la Ministra Soledad Acuña, una de las candidatas a sucederlo en la jefatura de gobierno, volvió a mostrarse como el político pro-educación. Hizo el anuncio en momentos donde los contagios atraviesan un pico alto en cantidad. Se han multiplicado por cinco durante el último mes en la ciudad que gobierna. No es una desgracia porteña, aqueja a todo el país y mucho más al resto del mundo. No parece ser el momento más indicado para comunicar que los pibes deben volver a las aulas, a los recreos y al transporte público. Sería más adecuado que un anunció así se realice cuando el nivel de contagios este declinando, o al menos se encuentre lanzada la campaña de vacunación para los docentes. Para colmo los protocolos que tendrán los alumnos y personal docente no se conocen. Tampoco los relacionados al transporte público.

El argumento para sostener este riesgoso juego con la salud de todos es muy endeble. Bordea el insulto a la inteligencia ajena. Aseguran que los chicos sufren daños psíquicos. Un argumento que tiene absoluta validez, en tanto y cuanto la solución no represente un riesgo mayor como expandir una enfermedad que puede resultar mortal para sus mayores.

La Sociedad Argentina de Pediatría señaló que un distrito tiene alta peligrosidad cuando registra más de 200 casos nuevos de covid por cada 100 mil habitantes. La Ciudad tuvo en los últimos 14 días 676, demasiados para alardear con un regreso a clase obligatorio. Tres veces más de lo señalado por la SAP. Juegan con fuego al lado de una estación de servicio. Arriesgan capital político con un costo que se puede pagar con vidas.