Por Claudio Leveroni

El 2 de octubre, de 1869 nació en una ciudad costera de la India llamada Porbandar, Mohandas Karamchand Gandhi. El mayor símbolo de la construcción política en paz que ha tenido la humanidad en el siglo XX.

«La violencia es el miedo a los ideales de los demás». Eso fue lo que dijo poco antes de introducirse por última vez entre una multitud que lo veneraba al pasar. Su diminuta y escuálida figura transparentaba un espíritu de una fortaleza sin igual, capaz de abrir un surco en cada uno de sus pasos.

Vestido con una rústica túnica blanca y unos anteojos baratos alzo su mano acariciando rostros, escucho plegarias y no dio importancia a las advertencias que su amigo y aliado político, Nehrú le había marcado minutos antes. Su vida corría peligro.

El brazo armado de Nathuram Godse, un fanático integrista indio, asomó por entre los cuerpos que rodeaban al líder. El sonido de los tres certeros disparos silenciaron la multitud y la vida de Mahatma Gandhi a los 78 años. Tendido en el piso con dos manchas de sangre en el pecho y uno en el vientre, miró a su agresor y le extendió la mano. Su tolerancia no tenía límites.

Gandhi fue el arquitecto de un movimiento nacionalista que logró la Independencia de India con argumentos más contundentes que las armas. Desvalorizó, sistemáticamente, los valores sustentados por el imperio Británico en su país. “Si todos renuncian a sus trabajos coloniales, tejen sus telas, siembran sus comidas y boicotean las manufacturas inglesas, tarde o temprano seremos libres”, propuso este menudo hombrecillo desgarbado.

En marzo de 1930 instaló una batalla de extraordinaria magnitud buscando fortalecer la conciencia nacional de sus compatriotas: el episodio se llamó La marcha de la sal y significó el comienzo de la debacle británica. Ghandi instaló definitivamente la no violencia en la desobediencia civil.

La marcha de la sal fue un peregrinaje de 24 días que comenzó en Sabartami el 12 de marzo de 1930 acompañado por tan solo 79 voluntarios puso rumbo a Dandi, distante a 385 kilómetros. En el camino se fueron sumando miles de personas a medida que avanzaba hacia su destino final las salinas Dharasana. Más de quinientas mil personas llegaron hasta ahí sin más señal que la del propio Ghandi caminando tercamente y con una caña de bambú en su mano, hacia su objetivo.

El 6 de abril la multitud llegó a las salinas. Ghandi se arrodilló y recogió el primer terrón de sal. Lo levantó en un puño para mostrárselo a todos. “Es nuestra” fue lo único que dijo en un tono de voz apenas audible para quienes estaban junto a él. No hizo falta decir nada más ni hacer correr entre los miles aquellas dos mágicas y únicas palabras. Todos interpretaron su gesto. Acababa de violar la prohibición británica. En términos políticos, fue la mayor declaración de guerra que recibió Londres en muchos años. Desde ese momento la desobediencia civil fue imparable: diputados y funcionarios locales dimitieron, los prohombres locales abandonaron sus puestos, los soldados del ejército indio se negaron a disparar sobre los manifestantes, las mujeres se adhirieron al movimiento, mientras los seguidores de Gandhi invadían pacíficamente las fábricas de sal.

La campaña terminó con un pacto de compromiso entre Gandhi y el virrey británico, en virtud del cual se legalizaba la producción de sal y se liberaban los cerca de 100.000 presos detenidos durante las movilizaciones.

Einstein, dijo cierto día sobre Ghandi, «quizá las generaciones venideras duden alguna vez de que un hombre semejante fuese una realidad de carne y hueso en este mundo». Ese hombre, un ícono de la paz y la no violencia, fue asesinado hace 73 años.