Por Claudio Leveroni

La pena de muerte en Estados Unidos recae con abrumadora facilidad en negros y latinos. En 29 de sus 50 estados es legal. Su aplicación está reservada mayoritariamente a estos dos sectores de la sociedad. Negros y latinos suelen también recibir, sin juicio previo, la condena capital en las calles.

Una cultura homo sapiens envuelve a esta nación cuyo inmenso poder mundial enlentece la globalización de valores humanos ligados a la igualdad y solidaridad. Estados Unidos es eso, una especie de organización social primate que se desarrolla bajo las brutales reglas de una comunidad tan guerrera como primitiva.

Por estas horas la rebelión de las minorías excluidas de derechos elementales ha vuelto a brotar. La muerte de George Floyd a manos de un policía que, rodilla en cuello lo asfixió hasta asesinarlo, ha desatado un torrente de indignación con violencia creciente. El hombre de 46 años había sido detenido después de querer pagar con un billete de 20 dólares falso en una tienda de Mineápolis, Minesota. Seguramente, él tampoco sabía la condición del papel moneda con que intentó abonar su compra. Su color de piel fue determinante para que la policía interviniera brutalmente tirándolo al piso esposado, para concluir muerto por no poder hacer ingresar aire a sus pulmones. “No puedo respirar”, le expresó varias veces antes de morir a su verdugo y a cuatro oficiales que lo rodeaban. En los videos que se viralizaron se escucha como la tenue voz de Floyd se va apagando con su vida repitiendo una y otra vez la frase póstuma.

En el famoso ciclo “America’s Got Talent” se presentó la semana pasada Archie Williams, un hombre afrodescendiente de 59 años que vive en Louisiana, Estados Unidos. Allí relató, antes de cantar a manera de presentación, que el año pasado recuperó la libertad después de pasar 37 años en prisión. Había sido condenado a 80 años. Una prueba de ADN confirmó la inocencia que él proclamaba sobre el asesinato por el que había sido arrestado. Los conductores y espectadores del popular ciclo televisivo quedaron conmovidos con su historia. Nadie tomo la palabra para pedir disculpas en nombre de otros alguien. Solo un tibio, «lo sentimos mucho”. Esta injusticia transformada en show también se viralizó en redes.

Solo dos casos, los más recientes. Hay miles más, los seguirá habiendo. Negros y latinos conviven en la base de la ancha pirámide de injusticia social y legal que reina en el país del norte. El desprecio por ciertos valores humanos es un legado de su historia.

Estados Unidos demoró hasta 1863 para abolir la esclavitud, lo hizo a través de la Proclamación de la Emancipación, promulgada ese año por el presidente Abraham Lincoln en plena Guerra de Secesión. La mayoría de los Estados la ratificaron en 1865. Argentina asumió esa misma determinación en la Asamblea de 1813, y fue ratificada en la Constitución Nacional de 1853.

Dentro de este contexto histórico norteamericano hay un dato dramáticamente curioso. Un Estado, Mississippi, demoró 148 años en derogar de su constitución la esclavitud. Lo hizo recién en 1995. En este Estado sureño, que creció con empleó de mano de obra esclava en el negocio del algodón, tres activistas pro derechos civiles fueron asesinados en junio de 1964 por miembros del Ku Klux Klan. El crimen generó una poblada de la comunidad negra que derivó en la Declaración de los Derechos Civiles. Centenares de negros ahorcados por hordas de blancos inundados de odio quedaron como testigos mudos de una determinación tardía.