Debía ser un jueves. El día habitual de las rondas. Y fue el último jueves el día que Cecilia eligió para esparcir las cenizas de su madre en la histórica Plaza de Mayo. Cecilia es hija de Azucena Villaflor, una de las fundadoras de la agrupación Madres de Plaza de Mayo, secuestrada por un grupo de tareas en 1977 y desaparecida hasta el 2005, cuando sus restos fueron identificados.

En noviembre de 2004 el Equipo Argentino de Antropología Forense, entidad no gubernamental que hace 36 años trabaja en la búsqueda de personas desaparecidas en la Argentina y otras partes del mundo, solicitó a través de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal de la Capital una confrontación dactiloscópica entre una pericia pendiente de resolución, correspondiente a un cuerpo que fue hallado en el cementerio de General Lavalle y las de una persona desaparecida en diciembre de 1977. El resultado fue positivo, se identificó a los restos como pertenecientes a Angela Aguad, una de las madres del grupo de la Iglesia Santa Cruz.

Se investigó en los libros del cementerio, y se constató que ese cuerpo y el de seis personas más, aparecieron en las playas del Municipio Urbano de la Costa entre los días 20 y 29 de diciembre de 1977. Se trabajó entonces, bajo la hipótesis que estas seis personas podrían haber sido víctimas de un mismo traslado aéreo, los mismos que se conocerían como los vuelos de la muerte.

Análisis de laboratorio, permitieron identificar al resto de los cuerpos. Entre abril y mayo de 2005, el análisis antropológico y genético (ADN) confirmó las identificaciones de otras tres madres de Plaza de Mayo: María Ponce de Bianco, Esther Ballestrino de Careaga, y Azucena Villaflor de Devincenti. En agosto fue identificado otro de los restos encontrados en el Cementerio de General Lavalle, perteneciente a Leonie Duquet, una de las dos monjas francesas secuestradas en los mismos días que Azucena Villaflor. Todas integrantes del grupo Santa Cruz, secuestradas entre los días 8 y 10 de diciembre de 1977 por grupos de tarea que operaban en la ESMA.

Los restos de Bianco y Careaga descansan en el jardín de la iglesia Santa Cruz que las albergó cuando comenzaron la búsqueda de sus hijos también secuestrados por la dictadura militar. Los de Azucena Villaflor quedaron en poder de sus familiares, que decidieron finalmente esparcirlos por la Plaza de Mayo, el escenario de lucha contra la dictadura cívico-militar que eligieron las madres.

Estas mujeres, junto a otras madres, se organizaron hace 43 años y realizaron un día como hoy, 30 de abril, la primera ronda en la Plaza de Mayo. Lo hicieron para pedir la aparición de sus hijos secuestrados. Pagaron con su vida haber iniciado el reclamo, terminaron padeciendo el mismo destino que ellos.

Sin embargo, la aparición de sus restos casi tres décadas después, representaron la primera evidencia científica completa de la existencia de “los vuelos de la muerte”, aportando una prueba irrefutable para la investigación de los crímenes cometidos desde el terrorismo de Estado ocurridos en nuestro país.

El análisis antropológico forense determinó también que la causa de la mayoría de las fracturas que las Madres tenían en sus huesos largos eran similares “a las que son habituales observar como producto de una caída de un cuerpo desde cierta altura y su impacto contra un elemento sólido”

Azucena Villaflor, María Ponce de Bianco y Esther Ballestrino de Careaga y Angela Aguad integraban un grupo mayor, de doce personas en total, secuestradas tras reunirse en la Iglesia de Santa Cruz o a la salida de sus casas, entre los días 8 y el 10 de diciembre de 1977. En este grupo también fueron secuestradas las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet. Todas ellas fueron señaladas por el represor Alfredo Astiz, que se había infiltrado en el grupo haciéndose pasar, bajo el nombre de Gustavo Niño, como familiar de un desaparecido. Azucena Villaflor tuvo un trato especial con él. Lo asimiló como si fuera su propio hijo sin saber que se trataba de un ángel de la muerte, como lo bautizó en su canción León Gieco.

Azucena Villaflor fue la promotora más destacada en la formación de las madres de Plaza de Mayo. El 30 de abril de 1977 14 de ellas se reunieron la Plaza de Mayo. Prácticamente no se conocían, pero estaban unidas por un mismo hilo conductor: el secuestro y la desaparición de sus hijos.

Azucena Villaflor, Josefa De Noia, Raquel de Caimi, Beatriz de Neuhaus, Delicia de Gonzalez, Raquel Arcusin, Haydeé de García Buela, Mirta de Varavalle, Berta de Brawerman, y  María Adela de Antokoletz fueron aquellas primeras madres que comenzaron a verse las caras en lugares comunes, donde se reclamaba por personas desaparecidas.

Se conocieron pocas semanas antes buscando información en la capilla Stella Maris de la Armada Nacional. Sabían que el capellán castrense Emilio Graselli manejaba listas de personas desaparecidas. Azucena Villaflor bramó su impaciencia, alzo la voz para comentar con otras madres allí reunidas que siempre recibían la misma respuesta.

Sus palabras, cargadas de una fortaleza excepcional, atrajeron al resto de las madres que estaban en la Capilla Stella Maris. Azucena golpeaba su pierna con un monedero que sostenía en la mano, dando énfasis a sus palabras. Propuso reunirse en la Plaza de Mayo porque era el lugar signado por la historia argentina, el escenario donde el pueblo se reunía para preguntarle a sus gobernantes que era lo que estaba sucediendo. Azucena remató su propuesta planteando que cuando sean muchas más las madres reunidas en la plaza, los militares darían la respuesta que esperaban.

Entre las mujeres que escucharon y siguieron los pasos de Azucena estaba Josefina Di Noia. Ella buscaba noticias de María Lourdes, su hija, secuestrada el 13 de abril de 1976 por un grupo de tareas que irrumpió en su departamento de la Capital Federal. María Lourdes y su esposo, Quique Mezzadra, desaparecieron ese día. De la hija de Josefina, nada más se supo, su compañero quedaría en libertad tiempo después. La hija y el yerno de Josefina De Noia fueron separados y llevados a la Escuela de Mecánica de la Armada. El esposo de María Lourdes, que además de ser torturado escuchó los gritos de sufrimiento de su mujer bajo tormento, logró despedirse de ella. Fue un día que se encontraron en el baño, bajo la vigilancia de sus carceleros intuyeron el adiós.

Josefina De Noia recorrió despachos oficiales, pasillos judiciales y comisarias con el mismo resultado que el resto de las madres. La indiferencia ante tanto dolor permitió armarla de coraje junto a aquellas 14 mujeres que, finalmente, asistieron a la propuesta que Azucena Villaflor había realizado en la Capilla Stella Maris.

A las cuatro y media de la tarde del sábado 30 de abril de 1977 el valiente grupo de madres se reunió en la Plaza. De aquella primera reunión están identificadas 13 de las 14 mujeres que asistieron. La decimocuarta era una jovencita que prefirió reservar su identidad, y a la que nunca más se la volvió a ver. No hubo ronda. Algunas se sentaron en los bancos, otras se mantuvieron de pie. Hablaron, se conocieron un poco más contando sus historias hasta que Azucena propuso elaborar un pedido de audiencia con Videla.

El borrador de aquel pedido de audiencia lo hizo, días más tarde, María del Rosario de Cerruti. Fue aprobado por todas y presentado por mesa de entrada en casa de gobierno, con todo el riesgo que esto significaba para sus propias vidas. Jamás obtuvieron una respuesta, pero habían quedado identificadas.

Advertidas que eran vigiladas y amenazadas, las madres buscaron tener un distintivo que las identifique y al mismo tiempo pase inadvertido para los demás. Azucena sugirió un clavo ubicado en lugar visible.

Los servicios de inteligencia de la marina se encargaron de seguirle los pasos a este grupo de madres. A mediados de junio de 1977, Alfredo Ignacio Astiz, con el nombre de Gustavo Niño, junto a una mujer de cabello rubio que se hizo pasar por su hermana, y que hoy vive en España, se infiltraron en el grupo.

En la parroquia Santa Cruz algunas madres se reunían para escribir cartas y comunicados buscando información de las personas buscadas. Allí estaban, además de Azucena Villaflor, las monjas francesas Alice Dumont, Leonil Duquet e Ivon Pierrot, que ayudaban a las madres en sus peregrinajes por los despachos oficiales y a las rondas en la plaza de mayo.

El 6 de octubre de 1977 hubo una ronda en plaza de Mayo, Astiz y su supuesta hermana, participaron junto a las madres girando alrededor de la pirámide de mayo. Hubo mucha gente, demasiada para lo que podían soportar las autoridades militares. Se reprimió y detuvo a algunas madres que más tarde fueron liberadas, salvadas quizás, por la presencia de prensa extranjera que registró sus quejas…

Azucena se mostró activa en aquella jornada. Ella reclamaba por la desaparición de uno de sus 4 hijos, Néstor, que pertenecía a la Juventud Peronista. Después de haber estado, bajo el nombre de Gustavo Niño, siete meses infiltrado entre las madres, Alfredo Astiz participó de varios operativos en el que se secuestró a integrantes de la parroquia Santa Cruz. Se realizaron entre el 8 y el 10 de diciembre de 1977. En el anochecer del primero de estos días, se llevaron a 8 personas, entre ellas Esther Careaga, María Eugenia Ponce y las monjas francesas Alice Domon y Leonnie Duquet

A la mañana siguiente agentes de la Marina se distribuyeron dentro de la Iglesia mientras se realizaba la misa de Comunión. Astiz fue marcando con un beso en la mejilla a cada víctima que minutos más tarde sería chupada por el grupo comando. Víctimas de ese grupo de tareas fueron Angela Aguad, José Julio Fondevilla, Eduardo Gabriel Horane, Patricia Cristina Oviedo, Raquel Bulit y Remo Carlos Berardo.

El 10 de diciembre un comando de la Armada capturó a Azucena Villaflor en la esquina de su casa en la localidad de Sarandí. La calle donde Villaflor fue forzada a subir a un Ford Falcon, por entonces se llamaba Cramer, y hoy lleva su nombre.

Azucena estuvo detenida en las instalaciones de la Escuela Mecánica de la Armada, específicamente, en el sector denominado la Capuchita donde eran retenidos los secuestrados que se mantenían en mayor secreto. Días más tarde, después de haber sido salvajemente torturada, esta mujer de 53 años, junto a otras personas fue dopada, subida a un avión y arrojada, se presume que aún con vida, al mar. Su cadáver apareció días antes de fin de año de 1977 en las costas de Santa Teresita. Fue enterrada como NN en el cementerio de General Lavalle. Tres décadas más tarde, sería reconocido.

La historia ya es implacable, determinante, a la hora de definir el coraje de Azuicena Villaflor y el grupo de madres que lideró en la búsqueda de sus hijos secuestrados. Ellas desafiaron el más brutal poder dictatorial que ancló durante siete años en nuestro país. Mujeres que, en su gran mayoría, permanecían ajenas a actividades políticas, hasta que el destino mostró una página cruel en sus vidas. El arrebato, la inexplicable desaparición de un hijo, fue el detonante para que se transformaran en incansables militantes de la verdad y justicia.

Aquella forzada ausencia cambió sus vidas. En silencio construyeron códigos de comunicación, fijaron estrategias, se unieron, fueron heridas, maltratadas, torturadas y muchas asesinadas. Unidas sobrevivieron. Hoy, son un símbolo, no tan sólo por su empecinamiento en la búsqueda de la verdad, lo son porque frente a la desgarradora tragedia que sufrieron sus hijos, no ejercieron la justicia por mano propia. No claudicaron en su búsqueda, ni buscaron el recorrido simplista de la revancha.