Por Claudio Leveroni

Pasaron más de tres años de gestión y el gobierno no logra mostrar un solo índice favorable. La inflación del último año fue la más alta desde 1991, el poder adquisitivo ha decaído en forma brutal, los jubilados sufrieron un recorte salvaje en sus ingresos, las tarifas de los servicios públicos aumentaron más de un 2.200% en comparación con diciembre de 2015, los medicamentos lo hicieron en casi un 200% en este período; el transporte público, solo en 2018, se incrementó un 118%. El cierre de industrias, especialmente las pequeñas y medianas, se ha multiplicado llevando el índice de desempleo en el segundo semestre del año pasado al 9,6%, el más alto en los últimos 12 años, y la subocupación al 11,8% según el último informe oficial del INDEC. Más de cuatro millones de personas están con graves problemas de trabajo. Los gremios se quejan, los empresarios también. La Unión Industrial Argentina hizo suyas duras críticas a las políticas del gobierno, pronostica un 2019 peor aún. El acuerdo con el FMI condiciona los años por venir. La deuda externa total aumentó durante el tercer trimestre de 2018 u$s 37.559 millones, un 17,2% más respecto a igual período de 2017. La Secretaría de Finanzas estimó que la deuda pública a fines de septiembre era de U$S 307.656 millones representando el 95,4% del PBI, es decir casi un año de producción de toda la economía nacional. Estos números significan un retroceso al 2004, cuando había valores similares. Este año seguirá creciendo la deuda con desembolsos que hará el FMI por más de 21 mil millones de dólares que terminarán por encadenar determinaciones soberanas para la era posterior a Macri.

Con este sombrío panorama el voto odio no le alcanzará a Macri para alcanzar su reelección. El bolsillo sigue siendo la víscera más sensible, según supo definir alguna vez un gran estadista argentino. No es un razonamiento lineal de respuesta simple. Los intereses que rodean y sostienen la gestión de la alianza cambiemos en el poder no están en retirada. Es de esperar meses ajetreados, con medios oficialistas agitando fantasmas, falseando información con comunicadores dispuestos a canjear honorabilidad por una compensación. Nada nuevo, viejos esquemas que ya han ganado batallas culturales que ahora presentan nuevos formatos. Siempre hay voces dispuestas para hacer el trabajo sucio. El desafío estará en la inteligencia del consciente colectivo. En la no resignación a tener un país con pobres que acepten su pobreza como un designio divino. Pobres no quejosos como ya lo son en otras latitudes con economías liberales más consolidadas.