Por Héctor Gómez 

Le preguntaron. ¿El aplauso es adictivo? y contesto; -“Es emocionante. Es el reconocimiento del público hacia el artista. Y en el arte escénico tenemos que estar muy agradecidos, porque el reconocimiento es inmediato”. Se llamaba Alicia Ernestina de la Caridad Martínez del Hoyo y había nacido en La Habana, Cuba, en diciembre de 1920. Con solo 15 años se casó con Fernando Alonso adoptando para siempre el nombre artístico de Alicia Alonso. Cuando años después, el empresario de un teatro de Nueva York, le propuso cambiar ese apellido por uno más inglés o ruso por lo menos, ella contestó que estaba orgullosa de su origen y nunca lo cambiaría. Hija del matrimonio de dos españoles Ernestina del Hoyo Lugo y Antonio Martínez Arredondo era la menor de cuatro hermanos. Su afición a la música tuvo origen quizás en la costumbre de su madre, que la dejaba frente a una victrola descontando que, atrapada por la música, la niña se quedaría allí quieta. Pero no, Alicia bailaba.

Ya con nueve años comenzó su contacto con la danza en la Sociedad Pro Arte Musical que, en la capital cubana dirigía Nikolai Yavorsky, y por ello dos años más tarde, en diciembre de 1931, debutaba en el antiguo Auditórium de La Habana interpretando el vals de “La bella durmiente del Bosque”. Aquellos tiempos no eran fáciles y su, padre militar y veterinario, no comulgaba mucho con aquello de subirse a un escenario “enseñando las piernas”. Su madre, en cambio, apoyo el ingreso de Alicia a una academia de baile cuando vivían en Estados Unidos. Fernando Alonso, se enteró repentinamente de ello cuando se encontró con la foto de su hija en la tapa de “Life”. Fue alumna de Antony Tudor un genial coreógrafo del cual aprendió que cualquier movimiento natural podía convertirse en danza. Viajó nuevamente a Nueva York en 1937 para perfeccionar su técnica en el School American Ballet de esa ciudad donde además de conocer y casarse con Fernando tendría, un año después, a su hija Laura. En su intento de perfeccionarse cada vez más, integro el American Ballet en Estados Unidos y luego viajo a Londres para estudiar con Vera Volkova. Más tarde, un tiempo en París, perfeccionándose con Olga Preobrazhénskaya, bailarina de gran trayectoria en el Ballet Imperial Ruso que enseñaba en los famosos Estudios Wacker.

Tiempo antes, cuando participaba del American Ballet con apenas 20 años, sufrió el desprendimiento de la retina de ambos ojos lo que la obligó, durante mucho tiempo, a estar en cama, tratando de moverse lo menos posible, rodeada de almohadones y cojines. Refugiada en los cuidados de su madre y mientras su entorno familiar y los médicos evaluaban su situación, ella fue imaginando todo su futuro. Esa actitud hizo que naciera el mito de una Alicia Alonso que sólo veía sombras, bailaba como nadie y aportaba trucos escénicos que compensaban la oscuridad que se había instalado en sus ojos. Para compensar esa carencia de visión periférica y el hecho de apenas ver por solo uno de sus ojos, entrenaba a sus acompañantes para que estuvieran exactamente donde ella los necesitaba. También hizo que los iluminadores instalaran en el escenario fuertes luces de diferentes colores a modo de guía. Dentro de ese mundo de sombras bailo hasta los 70 años afirmando el mito de que veía más allá de donde llegaba la mirada sana de los otros.
Broadway pudo disfrutar de su arte por 19 años formando parte del American Ballet donde hizo famosa una coreografía del Schumann Concerto, que la hermana del gran Nijinsky, Bronislava Nijinska, creo especialmente para ella. Con Igor Yushkévich formo una pareja de baile considerada la mejor presentada por el Ballet Ruso de Montecarlo. El 2 de noviembre de 1943, reemplazo en “Giselle” a la bailarina Markova, con un éxito tan extraordinario que hizo brillar su nombre a escala mundial. El personaje de la inocente campesina engañada, fue 70 años después, recordado por el Ballet Nacional de Cuba cuando se presentó en su gira por Europa. Dicha institución creada en 1948 con el nombre de Alicia, sufrió varias aperturas y cierres según los avatares económicos hasta la llegada de la Revolución Cubana.

Cuando se produce la misma, Alicia estaba en Chicago con el ballet Ruso y lo primero que hizo fue volverse a su Cuba querida que comenzaba una época histórica. Organizó rápidamente una Academia de Danza que trataba de favorecer la formación de bailarinas y bailarines en la Habana, propiciando presentaciones en distintos lugares de la isla hasta que un día apareció Fidel. Llegó a su casa y le preguntó;-¿Puedo pasar?… Me interesa saber cómo es su compañía y como se puede materializar desde el Estado su proyecto. Y fue ese gobierno revolucionario quien, según Alicia, comenzó a darle forma al sueño de que se estudiara ballet según las mejores escuelas, integrando niños, adolescentes y becarios a una carrera que afirmara la vocación y el profesionalismo. Aquello consolido un proyecto cultural, para una actividad artística costosa como es la danza y el ballet, que otros estados prefieren dejar de lado. El 17 de Octubre de 2019 con 98 años cumplidos y a raíz de una repentina baja de presión falleció en el Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas de La Habana. Apenas unos años antes había dicho ”Yo monto las coreografías en mi mente, las escribo y al llegar la compañía ya está todo armado. Apenas veo mal con un ojo pero recuerdo que aquí se abre una cortina, que por ahí aparece una bailarina y aquí pasa eso y allá lo otro. Lo veo todo aunque no puedo escuchar solo música porque automáticamente me pongo a bailar… en mi mente, ja ja… y me canso”.