Por Claudio Leveroni

Transitamos semanas críticas con hospitales públicos y privados que desde hace varios días están desbordados de pacientes con covid. Una escenografía especialmente alarmante en algunas regiones del país como el AMBA. Integrantes de la Sociedad Argentina de Terapia Intensiva aseguran que el promedio diario de pacientes que ocupan un lugar en el escalón más alto del cuidado hospitalario trepó hasta corresponderse con el 5% de los contagios que se conocen diariamente. Esto representa, en los números actuales ubicados por encima de 25 mil casos, que 1.250 personas necesitan una cama UTI cada 24 horas. La mitad de ellos en centros asistenciales ubicados en el AMBA. Si esa cifra de contagiados diarios no desciende el colapso es inminente, veremos postales desgarradoras que aún no hemos vivido, pero si observado en otras regiones del mundo, incluyendo países desarrollados con estructuras sanitarias robustas.

Bajo este panorama el anuncio del presidente Alberto Fernández parece ser el más adecuado, en la medida que los controles para hacer efectiva su implementación sean serios. El nuevo DNU repite las bases, con algún agregado, del que se encuentra vigente hasta este viernes. Se puede observar que el gobierno percibe que un mayor endurecimiento, como debería ser si se pretende cortar la circulación del virus, será riesgosamente inútil. Subyace una rebeldía bautizada covidiota por la Real Academia Española para describir la acción de la sinrazón de persona que se niegan a cumplir las normas sanitarias dictadas para evitar el contagio de la covid. La oposición política y mediática al gobierno encontró en la pandemia un camino de recorrido electoral para sostener a su cada vez más delgada franja de adherentes.

Larreta le escapó a las apariciones públicas en los últimos días. Este viernes deberá exponerse para fijar posición en la Ciudad. Su ministro de salud, Fernán Quirós, debió dar la cara en estas incómodas jornadas de crecimiento de contagios buscando ablandecer el empecinamiento de su gobierno en acatar el DNU presidencial. Un intento de arriar lentamente la bandera de la presencialidad en los colegios buscando una variante administrada. Llegaron tarde, la presencia escolar descendió por determinación de padres que ya no quieren jugar a la mancha con el covid.

El jefe de gobierno porteño insistió en la semana con un par de postales mostrándose en un jardín de infantes jugando con menores. Quebrantó las disposiciones establecidas en el cuidado sanitaria. Se metió en burbuja ajena. Un error tan grosero que ni los medios que Larreta alimenta con la voluminosa pauta publicitaria quisieron mostrar.

No fue el único papelón porteño semanal. En ese ítem bochornoso la legislatura tocó el cielo este jueves. En la sesión de ese día el interbloque oficialista se negó a abordar la crisis sanitaria desde un proyecto presentado por el diputado Leandro Santoro que plantea establecer una marca en el nivel de contagios para determinar cuando se deben suspender las clases presenciales. La negativa de los legisladores que acompañan a Larreta para tratarlo se cruzó con el beneplácito de otros tres proyectos del oficialismo que fueron bendecidos con su levantada de mano. La adhesión al día mundial de la abeja, otro del mismo tenor para la bicicleta y un tercero declarando obra de arte un mural verde con las letras BA. Las tres propuestas de nula importancia social llegaron al recinto deliberativo en un momento pico de pandemia. Una muestra de la impunidad con la que se mueve la mayoría circunstancial que Larreta mantiene en el parlamento local.