Por Héctor Gómez

A mí a amigo Ernesto Jauretche

Seguramente los más veteranos recordarán que Laika (Ladradora) era el nombre de la perrita que a bordo del Sputnik 2 realizó la primera órbita terrestre de un satélite con un ser vivo a bordo. Ese satélite, que giraba alrededor de la tierra desde aquel 3 de noviembre de 1957, llevaba como pasajera a esta pequeña perrita callejera de 3 años de vida, elegida entre otros como tripulante de esa experiencia. Evento que sorprendió al mundo en una época en que todavía algunos científicos opinaban que era imposible la vida en el espacio exterior. Laika entregó su vida en esa aventura por algún defecto a bordo de aquella la nave o por agotamiento del oxígeno. Sin embargo, esta experiencia demostró la capacidad que tiene un organismo vivo para soportar la falta de gravedad allanando el camino para las experiencias posteriores con seres humanos.

Más cerca en el tiempo, en Abril de 1967, a bordo de un cohete Yarará el ratón Belisario, nacido en Argentina, realizó un pequeño vuelo de 30 minutos. Abandonando la atmosfera terrestre llegó a la zona de ingravidez que rodea nuestro planeta. Con más suerte que Laika regresó vivo a la base de la Escuela de Tropas Aerotransportadas de Córdoba. Belisario fue el antecesor del vuelo espacial que, organizado por la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE) en diciembre del 69, realizó con éxito el mono Juan a bordo del cohete Rigel 4.

Estas referencias valen para ir marcando hitos en la historia del desarrollo de nuestra política aeroespacial que se mantuvo, a pesar de las alternativas políticas no siempre favorables a la misma. Ya en 1928 un ingeniero austrohúngaro especialista en cohetería, que usaba el seudónimo de Hermann Noordung, planteaba la posibilidad de realizar vuelos orbitales. La ocasión fue aprovechada y desarrollada por Rusia que el 4 de Octubre de 1957, desde Baikonur en la república de Kazajistán a 2500 Kilómetro de Moscú, puso en órbita el primer satélite terrestre, antecesor del que dos meses después llevaría a Laika al espacio.

Aquí, en Argentina, un ingeniero electromecánico nacido en Mendoza y recibido en la Universidad Nacional de La Plata, llamado Teófilo Melchor Tabanera, interesado por el desarrollo de la política espacial de nuestro país, fundo en 1948 la Asociación Argentina Interplanetaria. Más tarde, cuando la Universidad de la Sorbona organizó el Primer Congreso Internacional de Astronáutica, representó a Argentina. Fue por varios años vicepresidente de la Federación Internacional de Astronáutica. Vale recordar a Tabanera porque su nombre representa a los miles de profesionales que a través de los años han dedicado su vida al desarrollo de nuestra política espacial. Fallecido en 1981, hasta los últimos años fue testigo de los lanzamientos norteamericanos del Plan Apolo y hasta del envío al espacio del primer trasbordador ocurrido poco tiempo antes de su muerte.

El progreso, con altibajos políticos, de nuestra política aeroespacial fue posible gracias al empuje y dedicación de cientos de profesionales argentinos. Científicos y técnicos que, junto a dirigentes políticos, instituciones y empresas, han impulsado a través del tiempo este desarrollo y permiten hoy alcanzar un hito importante como es el lanzamiento del SAOCOM IIA que pudimos observar hace pocos días. Hay que valorar especialmente los logros de la política aeroespacial argentina habida cuenta de nuestra situación periférica con referencia a las potencias mundiales en esta actividad. Para tener una idea es bueno conocer las imágenes (foto de nota) que muestran la cantidad de satélites y objetos de ese tipo que orbitan la tierra y donde los nuestros son apenas dos pequeños puntos.

Desde febrero de 1961, cuando el primer cohete de investigación científica Alfa Centauro fue lanzado al espacio por el Instituto Aeronáutico desde la base del Chamical en La Rioja, se ha experimentado con el lanzamiento de cohetes como ya relatáramos con la aventura de nuestros personajes Belisario y Juan. Varios proyectos atravesaron estos años con diferente suerte gracias al interés político de cada administración del Estado. En 1996 se instaló la estación terrena Córdoba que permiten la telemetría y el seguimiento de satélites y laboratorios de ensayos en el Centro Espacial que lleva el nombre de Tabanera. A partir del 2003 con el advenimiento de un proyecto político más inclinado a favorecer el desarrollo científico-tecnológico se creó el Ministerio de Ciencia y Tecnología y la Empresa Estatal ARSAT que administra además la Estación Terrena de Benavidez.

Ya definida como política de Estado el utilizar toda la formación humana y nuestro desarrollo tecnológico nos permitieron arribar a la concreción de los proyectos SAOCOM asociado con Italia. Esta actividad tecnológica nos permite la utilización de un espacio orbital que tenemos asignado y activar la capacidad de nuestros profesionales. Los enormes cohetes elevan un satélite con precisión matemática y lo ubican en una órbita distante a más de 35.000 kilómetros de la superficie terrestre. Una vez desprendido del cohete, el satélite debe ser guiado desde la tierra, utilizando la mayor parte de su combustible hasta ubicarlo en la posición correcta. Tomando en cuenta retener una reserva del mismo, que será utilizada para corregir pequeños desplazamientos a lo largo del tiempo. Esto asegura una sobrevida de por lo menos 15 años, verificada diariamente por nuestros técnicos desde la estación terrena de Benavidez. En este último lanzamiento, además se pudo apreciar el recupero del cohete principal que una vez desprendido del satélite retornó a la base y será utilizado en futuros lanzamientos. Vale reconocer y acompañar el trabajo incesante de nuestros científicos y técnicos reclamando a los distintos gobiernos que su trabajo sea respetado y apoyado porque hace al desarrollo industrial y tecnológico de nuestro país.