Por Claudio Leveroni

Puestos en el centro de la escena, un grupo de economistas han vuelto a dominar el primer plano del protagonismo mediático. Portando otros apellidos, pero con la misma ideología de sus antecesores del siglo XX, repiten las conocidas y fracasadas fórmulas de tiempos pasados. Lo hacen con la bendición de una televisión embrutecedora que vuelve a mostrarlos, como profetas que cargan en sus mochilas la porción mágica que permitirá recomponer el equilibrio perdido.

El problema argentino es de resolución política, como lo fue siempre. La grieta económica que separa a ricos y pobres se resuelve con una justa y más equitativa distribución de la renta nacional, y esa es una determinación de carácter político. Para que exista renta nacional debe haber un país productivo, con industrias que le den valor agregado a la materia prima. Si no hay producción no hay renta que dividir, y los ricos seguirán siendo ricos y los pobres seguirán siendo pobres. Elegir un modelo de producción para forzar el crecimiento del país con una justa distribución de la riqueza, es una determinación política. La economía se encuadra detrás del modelo político, sea liberal, neoliberal o populista. Cuando se revierte esa lógica todo empeora, y si eso sucede bajo un modelo neoliberal como el actual, es mucho peor.

Los economistas mediáticos de estos días no son nada originales en sus discursos, quizás lo son más por su estilo violento y burlesque de presentación. Se montan en los hechos de corrupción para englobar bajo este rótulo a toda la clase política, acusándola de no querer hacer cirugía mayor bajando el déficit fiscal a cero. Así lo expresan en su rutina cotidiana, paseándose por programas de televisión. La degradación de los políticos conlleva a la degradación de la política como herramienta de transformación social. Va de suyo, pero es necesario destacar que la corrupción no es patrimonio exclusivo de este país, ni de sus políticos. La hay, en más y menos escala, en todos los países y en todos los rubros, incluyendo los economistas.

Subidos al tren de la degradación de la política, los economistas mediáticos cuestionan el gasto político, no lo hacen solo hablando de sus sueldos. Se refieren al esquema institucional que fija la constitución para el funcionamiento administrativo de los tres poderes. Tanta diatriba genera en el desprevenido y algo incauto televidente/escucha, la certera conclusión que su vida actual va a los tumbos porque su plata la roban los políticos o se las gastan para sostener los parlamentos, ministerios y la estructura judicial.

Veamos que pasó cuando la clase política generó gasto cero durante siete años en el país.

En 1975 la desocupación en la Argentina fue del 2,7%, la deuda externa estuvo en 6.600 millones de dólares representando el 10% en relación al PBI, y la pobreza alcanzó solo al 4,7% de la población. La dictadura que irrumpió en 1976, no tuvo gastos de la clase política. Sin elecciones y con los parlamentos cerrados en todo el país durante todos esos años, no hubo gastos destinados al poder legislativo. En 1983, cuando concluyó la dictadura que impuso el modelo liberal que comenzó con Martinez de Hoz, la cantidad de pobres su multiplicó hasta llegar al 19,1% de la población, que incluía a un 5,4% en la indigencia. Durante este período la deuda externa trepó un 364% pasando de 6.600 millones de dólares a 45.000 millones representando el 43,8% del PBI.

Por cierto, el país pagó un precio mucho más alto aún de lo que estos números reflejan, con asesinatos, secuestros y desaparición de miles de personas. Pero, a los efectos de demostrar el engaño que representa el discurso simplista de reducir los males argentinos al costo de la política y los políticos, vale solo recordar estos números para desmitificar el mensaje de los gurúes económicos mediáticos que deambulan por estos días en los programas de televisión.